En la búsqueda de un cambio significativo en los problemas globales, surge una pregunta crucial: ¿por qué el sistema escolar debe transformarse? Sebastian N. Struck, experto en relaciones e inteligencia emocional, ofrece una perspectiva reveladora sobre la necesidad de replantear la educación como base fundamental para mejorar la sociedad en su totalidad. Desde el origen histórico del sistema educativo hasta los desafíos actuales, Struck explora la necesidad de adaptar la educación a las demandas cambiantes de nuestro tiempo. 

A lo largo de cientos de años, el mundo ha experimentado cambios y evoluciones significativas, pero el sistema escolar ha permanecido prácticamente inalterado. Aunque la inteligencia artificial se ha convertido en una realidad, muchas escuelas aún se centran en la memorización como método principal de enseñanza. Es fundamental reconocer que el sistema educativo tal como lo conocemos

hoy en día fue concebido en algún punto de la historia.

En sus inicios, el sistema escolar fue ideado en Prusia a principios del siglo XIX. Surgió como una respuesta a las revoluciones que tuvieron lugar en Francia, con el objetivo de cultivar un pueblo dócil y preparado para la guerra. Este enfoque fomentaba la disciplina, la obediencia y un régimen autoritario.

A medida que se difundió la noticia del éxito de este modelo educativo, se replicó y extendió rápidamente a lo largo del mundo. Sin embargo, es importante recordar que durante siglos la educación no estaba al alcance de todos, sino reservada para las clases altas. Aunque el acceso a la educación se volvió más inclusivo, los gobiernos continuaron utilizando el sistema para mantener el control sobre la sociedad.

A pesar de ciertos ajustes a lo largo del tiempo, el sistema educativo actual sigue reflejando la estructura original. Esta estructura fue concebida durante la revolución industrial y se asemeja a una línea de montaje industrial. Las escuelas separan a los estudiantes por edades y grados, siguiendo una secuencia de pasos específicos con diferentes maestros para cada etapa. En este proceso, se enfatiza la productividad y la creación de trabajadores obedientes.

Sin embargo, este enfoque mecanicista deja poco espacio para el aspecto emocional de la educación. No se tiene tiempo para conocer a los estudiantes en profundidad, ni para explorar sus deseos y necesidades. La educación integral del alumno es relegada a un segundo plano.

En la actualidad, es fundamental cuestionar el propósito de las escuelas. ¿Deseamos simplemente formar trabajadores con amplios conocimientos y que sigan órdenes sin cuestionar? Sebastian Struck sostiene que el propósito de la educación debe ser crear una sociedad creativa, curiosa, plena, empática y cooperativa, donde cada individuo pueda contribuir con sus pasiones y talentos.

No todos los niños desean aprender lo mismo al mismo tiempo, ni poseen las mismas capacidades o conocimientos. Sin embargo, se espera que todos adquieran el mismo conjunto de conocimientos.

Esta uniformidad forzada puede hacer que los niños pierdan interés y dejen de lado sus propias

pasiones y curiosidades.

Aunque la escuela habla de valores humanos, en la práctica el sistema escolar produce lo contrario a lo que predica. El énfasis en la competencia y el miedo al castigo generan un ambiente poco propicio para el aprendizaje. La educación se basa en el temor y la disciplina, lo cual obstaculiza el interés intrínseco y la autodisciplina.

Para buscar un nuevo enfoque educativo, vale la pena mirar hacia Atenas, donde no existían las escuelas clásicas. En su lugar, se establecían academias, espacios de reflexión, conversación y experimentación libre. Las personas tomaban los libros que les interesaban y escuchaban a las mentes brillantes que deseaban escuchar. Esta breve pero influyente época en la historia produjo

algunos de los avances más significativos para la humanidad.

Es necesario regresar a un enfoque de socialización y aprendizaje libre, donde los expertos compartan su conocimiento con aquellos que deseen escuchar. Se requieren guías comprometidos con el desarrollo mental y emocional de los niños, en lugar de un sistema estandarizado y rígido.

En última instancia, la educación debe apuntar a formar individuos capaces de relacionarse con los demás, de afrontar los desafíos de la vida y de seguir sus pasiones. Si bien el conocimiento algebraico puede no ser esencial para todos, el desarrollo de habilidades sociales, el trabajo en equipo y el autoconocimiento resultan indispensables en el mundo actual.

Concluyendo, Sebastian Struck nos invita a replantearnos el sistema educativo actual y a buscar nuevas formas de educar a las futuras generaciones. Adoptar un enfoque más flexible y centrado en el desarrollo integral de los estudiantes podría abrir las puertas hacia una sociedad más equitativa, creativa y comprometida con el bienestar de todos.

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